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En ese instante se abrió la puerta y entró él. Tuve que esforzarme para aguantar la curiosidad y no levantar mi cabeza para mirarlo. En la postura en que me encontraba, lo único que podía contemplar de Andrés era sus pies. Traía puestas unas costosas zapatillas de esas que usan los chicos para andar en monopatín; y aunque se veían un poco desgastadas y con algo de polvo, se notaba que eran de marca muy fina. Conciente de mi papel, no esperé ni un instante para inclinar mi rostro y empezar a lamerle sus zapatillas, mientras él permanecía ahí en la puerta, sin dar muestras de querer entrar en el vestíbulo.

Tal vez estaba contemplándome desde su altura, viéndome con curiosidad y satisfacción mientras yo me esforzaba en lamerle su calzado e intentaba inconscientemente mostrarme como si fuera su perro, su mascota sumisa y obediente, arrastrándome a los pies de mi Amo para darle la bienvenida. En mi lengua sentía lo rasposo de la badana de sus zapatillas; sin embargo yo no paraba de lamer e iba tragándome todo el polvo adherido en ellas. Y lamía con fuerza, por que ya no era sólo la necesidad de satisfacerlo; era como si una fuerza que emanaba de toda su persona me obligara a someterme, a humillarme ante aquel chico del cual ni siquiera había visto su rostro aún. Él ni siquiera respondió al saludo que le dirigieron Martín y Juba; se limitó a dejarme lamer su calzado por unos minutos, hasta que levantó uno de sus pies y poniéndomelo en la cabeza me empujó y ordenó: