|
|
|
VOLVER A LA PAGINA PRINCIPAL DE CHICOS GAY
El sonido de la puerta que se cerró tras Andrés y Juba me devolvió a la realidad de mi situación. Lo que había sucedido en los minutos previos me había hecho olvidar todo, sólo había existido ese chico dominante que parecía habérseme convertido en el centro del universo. Incluso me había olvidado del intenso amor que me inspiraba Martín; y ahora él estaba ahí; estábamos solos los dos; volvía a ser mi sustento, mi paz, mi dulce compañero.
Me sentí culpable y avergonzado, sabiendo que mi amado se había percatado del torrente de sensaciones que me provocaran las humillaciones y las torturas a que me sometió aquel chico; y aunque no lograba explicarme a mí mismo lo que me había pasado, tuve la urgente necesidad de explicárselo a Martín, de disculparme con él, de demostrarle que mi adoración por él seguía incólume, aún a pesar que no podía desprenderme del irreprimible deseo de volver a estar a los pies de Andrés.
Aún permaneciendo en cuatro patas, levanté mi cabeza y busqué su mirada. Lo encontré tan dulce como cuando me enamoré de él; aunque ya no me parecía tan hermoso; ni siquiera se me hacía que fuera la mitad de guapo que Andrés. Y sin embargo esa dulzura de sus ojos, esa ternura de su expresión, ese silencio complaciente de sus labios, todo ello me arrancó un suspiro, casi un gemido. No quería perderlo por nada del mundo, por que luego que pasara lo que iba a pasar con Andrés, sólo tendría a Martín y el amor que él me inspiraba; su compañía y su comprensión.
Entonces se me ocurrió que debía resarcirlo demostrándole que estaba dispuesto a hacer con él todo lo que había hecho con Andrés; me le fui acercando poco a poco hasta estar a sus pies e inclinando mi rostro intenté besarle los zapatos; pero Martín retrocedió casi con espanto ante mi gesto de entrega. Aquello me conmovió, generándome una angustia insufrible, que se sustentaba en la certeza de que lo había perdido. Tal vez, al ver mi actitud para con Andrés, mi amado Martín había creído que yo ya no lo amaba y después de esa tarde me abandonaría. No pude reprimir un sollozo e irguiéndome sobre mis rodillas intenté abrazármele a sus piernas; pero él volvió a retroceder y entonces ya no pude más; estallé en llanto y derrumbándome en el suelo para volver a buscar sus pies le supliqué:
Perdóname…por favor….perdóname…
Mi estado de abatimiento debió conmoverlo. Se me acercó e inclinándose ante mí me pasó su mano por la cabeza, con el mismo gesto de tierna dulzura con que lo hacía siempre que me veía angustiado. Volví a sollozar, pero esta vez mi angustia empezaba a disiparse