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Desde aquel primer encuentro se sucedieron muchos más. Los viernes me
venía a buscar a mi despacho en su coche, nos íbamos a algún restaurante
a comer. Cuando salíamos juntos él dejaba sus bastones en el coche y
aprovechábamos su lesión para que se sujetara a mi brazo fuertemente,
cosa que pasaba desapercibida a los ojos de la gente. Me encantaba
sentir cómo balanceaba su cuerpo apoyándose en mi brazo, me excitaba.
Después de comer íbamos a un súper para hacer acopio de lo que
necesitaríamos en el fin de semana, que pasábamos entero juntos. Allí
como de una pareja más y de común acuerdo, hacíamos la compra.
Si lo que habíamos comprado no necesitaba ser puesto con premura en
la nevera, nos acercábamos al cine o al teatro, aunque yo prefería el
cine, ya que su oscuridad nos permitía besarnos y tocarnos sin pudor ni
reparo.
De regreso a casa, hacíamos la cena y nos dábamos una amplia y
suculenta sesión de videos, que nos ayudaban a ponernos cachondos en muy
poco tiempo.
Aprendí a ponerle y quitarle su aparato, cosa que me volvía loco y a
él también. Lo hacía con lentitud y regodeándome mientras él acariciaba
con sus manos mi pelo, metiendo sus dedos entre ellos. Los besos que nos
proporcionábamos eran profundos y candentes, nuestras lenguas se
hicieron expertas en rebuscar en la boca del otro.
Su polla me chiflaba, su huevo grande me cabía en la palma de la mano
y chuparle su huevecito pequeño me llenaba de lujuria.
Alfredo y yo concluimos, en nuestras conversaciones, que no sólo nos
gustábamos el uno al otro, sino que además estaríamos abiertos a otros
encuentros tanto con chicos como con chicas, éramos algo bisexuales,
aunque con mayor tendencia al homo.
Le dije que me atraían, desde antes de que le conociera a él, todas
las personas que tenían alguna discapacidad. No le pareció mal mis
gustos, es más me propuso e invitó a que asistiera a algunas charlas que
se impartían en un grupo de lucha contra la eliminación de barreras
arquitectónicas. Encantado acepté. Me dijo que allí podríamos conocer a
chicas y chicos con otras discapacidades y que al estar los dos juntos
podríamos intentar ampliar nuestro circulo sexual. Vi los cielos
abiertos.
Nos compramos algunos "juguetes" vibradores, lubricantes, aceites
corporales, etc. Me pidió que nos vistiéramos de chica algún fin de
semana, para lo cual fuimos a unos grandes almacenes, para comprar
pantys y ropa interior sexy.
Era una maravilla verle con los pantys puestos, ajustados en su
pierna derecha y sobrándoles por todos lados en la izquierda. Verle
caminar en casa así, sin aparato y con sus bastones, arrastrando su
pierna me ponía muy empalmado y él se acercaba a mí, hasta apretarse.
Forzando su cadera ponía su pierna izquierda entre mis muslos para que
sintiera en mi polla y huevos lo que tanto le decía que me gustaba.
Me encantaba ponerme tras él, abrir sus nalguitas y ponerle mi polla
entre ellas, y hacerle caminar desde el salón hasta la habitación,
sintiendo como mi polla se movía al ritmo de su caminar cadencioso y
ladeado, muchas veces me corría con esto simplemente.
En la cama éramos casi inagotables, cuando a uno se le aflojaba, la
boca del otro rápidamente la ponía en su posición de trabajo. Nuestros
culos conocían la lengua del otro, tanto que se dilataban sólo al primer
contacto, nos relajábamos con mucha facilidad. |