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A medida que avanzaba la mañana, sus cuerpos se iban acostumbrando al otro, se iban conociendo, e iban disfrutando de un erotismo lúdico y gratificante. A ratos intenso y sexual, a ratos tierno y romántico, cada caricia generaba una electricidad que les erizaba los pelos. Sus masculinidad eran dos mástiles que explotaban con efervescencia, y mientras fluían borbotones de sexo e íntima amistad, se abría un túnel desde su intimidad hacia el inicio de los tiempos, en sincronía con la esencia creada.

Diego le confesó que desde que lo veía en Ezeiza lo deseaba, pero no podía estar seguro de él, y viceversa.

Esa mañana conocieron su naturaleza, supieron quienes eran, de qué estaban construidos, y se sintieron en plenitud y en armonía con cómo habían sido creados. Aprendieron la diferencia entre tener sexo y hacer el amor. Supieron que era posible pasar el día en la plenitud del vigor sexual con la persona adecuada.
Acabaron juntos mirándose a los ojos y diciéndose sus nombres, y desde ese momento nunca más estuvieron separados. Eran cómplices y compañeros. Eran amigos y amantes.

El siguiente fin de semana, ambas novias en Santiago de Chile recibieron la noticia que no se casarían. A partir de ese domingo, Diego y José Ignacio ya no vivían a dos cuadras, sino que compartirían su cama por muchos años.