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José Ignacio lo miró con ojos de deseo y de ternura por largos minutos, hasta que Diego despertó. Al verlo, Diego se estiró, con lo cual la sábana se corrió y quedó al descubierto ese trozo de masculinidad que estaba listo para el placer. Entre rubor, sueño, picardía y restos de alcohol, Diego dijo sonriendo: "Buenos Días", y se volvió a tapar. José Ignacio nunca dejó de mirarlo a los ojos, y su propia dureza delataba su deseo. A través de sus miradas, sus ojos lo dijeron todo. Eran dos almas que estaban unidas, y cuyos cuerpos les quedaban chicos. Era una fusión más allá de la genitalidad, una sexualidad expresada por cada poro.

Se acariciaron las caras, se acercaron, y se fundieron en un beso que incendió sus venas como arde el gas acumulado en un lugar cerrado. Era un torrente de emociones, de entregar y entregarse, de tocarse y sentirse, toda esa pasión reprimida por tanto tiempo.

Con toda la torpeza de dos varones que por primera vez estaban con alguien de su mismo género, Diego y José Ignacio conocieron el sabor dulce y salado de cada parte del cuerpo de otro hombre. Nerviosos al principio, la naturaleza les fue enseñando que el intenso dolor que provocaba la exploración de lugares que nunca les habían sido invadidos daba paso a un placer que les otorgaba marejadas de plenitud y satisfacción.