José Ignacio lo miró con ojos de deseo y de ternura por largos minutos, hasta que Diego despertó. Al verlo, Diego se estiró, con lo cual la sábana se corrió y quedó al descubierto ese trozo de masculinidad que estaba listo para el placer. Entre rubor, sueño, picardía y restos de alcohol, Diego dijo sonriendo: "Buenos Días", y se volvió a tapar. José Ignacio nunca dejó de mirarlo a los ojos, y su propia dureza delataba su deseo. A través de sus miradas, sus ojos lo dijeron todo. Eran dos almas que estaban unidas, y cuyos cuerpos les quedaban chicos. Era una fusión más allá de la genitalidad, una sexualidad expresada por cada poro.