Y
con el alcohol vino el sopor, y la tormenta no amainaba. José Ignacio invitó a
Diego a quedarse a dormir, pero ya era muy tarde. Diego roncaba en el sofá. José
Ignacio lo llevó como pudo a su cama, y le quitó la ropa, dejándolo en slips.
Él también se quitó la ropa hasta sus slips y se metió a la cama, y ambos
durmieron como unos niños. Excepto que Diego se despertó en medio de la noche
por un vaso de agua, y pudo admirar a José Ignacio quien desplegaba una enorme
erección nocturna. Esta escena de erotismo destilado, junto a la dosis de
alcohol en su sangre, hicieron que Diego se quitara los slips y siguiera
durmiendo desnudo. Pero el vino lo venció y volvió al sopor.
A la mañana siguiente, el cielo estaba en calma, y una sutil luz entraba por las
rendijas de la persiana. José Ignacio se despertó, y lo vio a Diego por primera
vez sin ropa, y sin la influencia del Malbec. Pero no sólo lo vio, sino que lo
admiró. Admiró a ese hombre a quien deseaba en cuerpo y alma, en mente y
corazón. Admiró ese físico que lo invitaba a embriagarse en él, y a esa gran
alma que había aprendido a conocer y en quien se quería refugiar. Esa persona
que conocía tanto, y a la vez tan poco.
Diego tenía la sábana desordenada, y sólo le cubría la notable dureza de su
hombría, que palpitaba de cuando en vez como solicitando su atención.
José Ignacio lo miró con ojos de deseo y de ternura por largos minutos, hasta
que Diego despertó. Al verlo, Diego se estiró, con lo cual la sábana se corrió y
quedó al descubierto ese trozo de mas