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Cuando viajaban a Chile, salían con sus novias de a cuatro, y se iban y volvían juntos en el avión. Pero también comenzaron a haber fines de semana en que preferían quedarse en Buenos Aires, o recorrer esa Argentina que tanto les gustaba. Y juntos emprendieron la aventura de disfrutar de la compañía del otro, recorriendo bodegas en Mendoza, haciendo trekking en El Chaltén, descansando en las playas de Pinamar. Sin embargo, su predilección era la Patagonia, esos parajes donde se desconectaban de la urbe y se reconectaban con el planeta.

José Ignacio nunca se sintió tan feliz y acompañado, y le embargaban sentimientos que nunca había tenido. ¿Qué era esto? ¿Una amistad? Claramente, Diego le gustaba. Muchísimo. Sólo quería estar con él, besarlo, hacerle el amor. Sin embargo, por más amigos que eran, nunca lo había visto desnudo. Y claro, era sólo una amistad. No podía confundirse.

Pero Diego también estaba confundido. Desde hacía mucho tiempo ya que se masturbaba pensando en este nuevo amigo, en sus ojos y en la forma de su boca, y acababa gritando su nombre. Sentía que cada día que pasaba prefería estar con José Ignacio que con su novia, y esto lo ponía muy nervioso ya que era algo que no podía ser. Era algo que debía sacar de su mente, pero cada vez que viajaban, lo miraba embelesado como quien mira a un ser perfecto y privilegiado y soñaba con amarse bajo las estrellas y frente al fuego.