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Y en esas dos horas cortísimas de vuelo, José Ignacio pudo enterarse que Diego tenía 28 años, era chileno, estaba a cargo del área de marketing de una empresa en Buenos Aires, vivía a dos cuadras de su departamento y también tenía una novia en Santiago a quien viajaba a ver todos los fines de semana.

Y conversaron como si se conocieran de toda la vida. Nunca se percataron de las turbulencias ni de qué comieron, pero sí de su infancia y sus sueños, de esas tardes lluviosas frente al volcán Villarrica de Diego, junto a su padre alemán, y de los viajes de José Ignacio, en una búsqueda constante de su esencia.

A partir de ese día, nunca dejaron de estar solos, y esos dos Buenos Aires de a uno se fueron convirtiendo en un sólo Buenos Aires de a dos: salir a comer, disfrutar de un helado, conversar un cortado con dos medialunas, un porrón de Quilmes, ir al teatro, hacer deportes por los Bosques de Palermo. Pronto descubrieron que compartían la pasión por el tango fusión -que los llevó a largas sesiones en los tugurios de San Telmo- y una especial pasión por el vino, que los enfrascó en largas discusiones frente a una botella en búsqueda del Malbec perfecto, aún cuando no lograban ponerse de acuerdo si era Luján de Cuyo o el Valle de Uco el terroir que podía entregar su máxima expresión a esta cepa tan argentina.

Ya no podían estar solos