En Buenos Aires, José Ignacio disfrutaba mucho de la vida al aire libre, se
vestía como su sueldo y su facha le permitían, y eso hacía darse vueltas a
hombres y mujeres cuando caminaba por las calles. Tenía el mundo a sus pies.
Y en Santiago de Chile, tenía una novia a quien viajaba a ver todos los fines de
semana y con quien se iba a casar dentro de unos meses. ¿Qué más podía pedir?
Sin embargo, tenía un secreto. Un detalle que no quería aceptar, y que le
impedía de disfrutar la vida de la manera como él fue construido: sentía una
intensa predilección por las personas de su mismo sexo. Nunca lo quiso aceptar
ni darle curso, pero estaba ahí, desde su más tierna infancia. Y por más que se
negaba, todas las mañanas al despertar al alba con la firmeza de su erección, se
masturbaba suavemente pensando en los trozos de lomo argentino que veía cada día
y a quienes deseaba en íntimo secreto.
Y en quien más pensaba era en ese guapísimo personaje que todos los viernes
tomaba el mismo vuelo que él a Chile y que veía en la sala de embarque en
Ezeiza; y otra vez los domingos por la noche en Merino Benítez para embarcar de
vuelta a Capital. Nunca les tocó irse sentado juntos, pero a José Ignacio le
quitaba el sueño ese hombre de su edad, de ojos moros y leve sonrisa, de cabello
corto y una cuidada barba, con la camisa entreabierta y mangas dobladas en dos
hasta su antebrazo.
De tanto verse, en ambos aeropuertos, ya se saludaban. Nunca pasó más allá de un
simple gesto de asentir con la cabeza. Hasta que un día, de vuelta de Santiago,
la fortuna les tenía reservada una grata sorpresa: les tocó ir sentados lado a
lado en el avión.