Entró toda, entera. Con un poco de trabajo, paciencia, y muchísimas ganas, sí,
pero enterita. Empezó a meterla despacio hasta que pasó la cabeza. Después de
eso ya no hubo problemas, entró hasta el fondo y el nimio ardor inicial se
transformó en una cogida de novela. El flaco me bombeaba y yo estaba en las
estrellas, tenía una sensación única, sentía cómo me penetraba y jugaba dentro
mí
o con esa pija realmente espectacular.
Las piernas me temblaban. Él me abrazaba por detrás y a la vez me tocaba todo el
cuerpo. Entraba y salía, y yo me deshacía del gusto. Así estuvimos un buen rato;
cuando él estaba por acabar, aminoraba la embestida y duraba un poquito más. Yo
no quería que la saque ni termine por nada del mundo.
Pero lo mejor vino luego: mientras un par de flacos nos miraban y se calentaban
con la forma en que gozábamos, un tercero se colocó delante de mí y sacó un
sable increíble, casi perfecto, me tomó de la nuca y suavemente me inclinó para
que me la comiera toda. Y claro, así lo hice.