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Nuestra conversación siguió por más de una hora. Me contó que vivía en Chile hace algunos meses cuando a su padre lo designaron el un cargo diplomático. De repente miro el reloj: - Ya es muy tarde, debo irme - le dije.
- Yo también - me dijo - ¿Adonde vas?, si quieres te puedo llevar.
Acepté su invitación. Durante el camino nuestras miradas se cruzaron más de una vez. Íbamos por la Av. 11 de Septiembre a más de 100 kilómetros por hora: - Para, te pueden infraccionar - le dije.
- No pueden - me dijo - es un auto con patente diplomática.
- Podemos tener un accidente - señalé.
- Por qué piensas eso, no confías en mi - me dijo - A propósito: ¿Tienes novia?.
- No - le dije - ¿Y tú?
- No, tenía novio pero terminamos - señaló con toda naturalidad.
Me quede callado. Esa confesión me había dejado atónito. Alguna vez yo había tenido sentimientos extraños hacia amigos, pero nunca me preocupé de profundizar en ellos, aunque tenía amigas, nunca había tenido una novia ni me interesaba tenerla.
- ¿Por qué te quedaste callado? - me dijo - acaso eres el típico chileno que no acepta la diversidad sexual.
- Estaba pensando - le dije.
- ¿ En qué?
- Creo que soy gay.
Estacionó el vehículo, me miró a los ojos, acercó su cara a la mía y rozó sus labios con los míos. Fue algo superior. Era el primer beso que me daban en mi vida y me lo había dado un hombre. Por fin asumía mi sexualidad. Me sentí libre. Nos acercábamos a mi casa en Providencia, llegamos frente a ella, paró el motor, sacó un lápiz, escribió un número telefónico.