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Ahora te toca a ti, susurró. ¿Qué dices?, respondí. Llevó mi mano hasta su entrepierna y noté un enorme bulto duro. No pensarás que esto se va a quedar así verdad?. Pero qué dices? dije indignado. Yo me largo. Pero no parecía entender mis palabras, no dejaba de sonreír.
Desabrochó sus pantalones y cayeron al suelo. Sus calzoncillos estaban a punto de saltar por los aires. Aquella visión me perturbó. Me abalancé sobre ellos y comencé a besarle. Mi lengua luchaba por atravesar aquel pedazo de tela. Aquello no tenía nada que ver con lo que me había parecido intuir en los servicios del restaurante. Su miembro doblaba en tamaño al mío. Estaba erguido, mirándome a los ojos, apuntándome como un cohete. Estaba depilado.
Sujetó mi cabeza con sus manos mientras me decía cómemela. Me volví loco. Le masturbaba y besaba a la vez. Sus testículos hinchados entraban y salían de mi boca. Su pene se restregaba por mi cara. Chupé y chupé con todas mis fuerzas. Cada gemido de placer era recibido como una orden para que siguiera, para que me superara. Quería verle estallar, quería beber su semen, quería sentirme como una puta. Me ordenó que me levantara, que me diera la vuelta. No entendía pero obedecía. Noté su polla a la entrada de mi culo. Era imposible que aquella estaca me penetrara. Tenía un grosor descomunal. No dijo nada, noté cómo comenzaba a empujar. Yo ardía.
Fue un dolor indescriptible pero yo le pedía más. Grité. Mi aullido debió escucharse en toda la discoteca. Me tapó la boca con su mano. Yo chupaba sus dedos. Aquello parecía retumbar. Félix follaba como un animal, los dos nos sentíamos dominados por aquella polla incandescente. Le sentía jadear tras mi nuca. Se quedó en silencio. Supe que se iba a correr. Me zafé de él y me lancé como un poseso sobre su miembro enrojecido. Estalló en mi cara, inundó mi boca. Me relamía. Había sangre entre mis piernas. Nos vestimos. No sabía cuánto el tiempo que había pasado. Lucía bailaba con Miguel y Félix no decía nada.