“Puedo dormir aquí papá”-, le dije -“Claro, ¿por qué no?”. Mi padre siempre me
había complacido en todos los gustos que hacía, se podía decir que era su
consentido, ya que además de ser su hijo único, me quería mucho. Él, para no
incomodar se cambió en la misma ducha y salió con un bóxer blanco que dejaba ver
toda su gran verga, listo para acostarse a mi lado. Casi siempre dormíamos
juntos, pero nunca con otras intenciones, las mías que iban más allá de todo...
Nos quedamos viendo la tele hasta cerca de la 1 de la madrugada, cuando me doy
cuenta que él se había dormido. En ese momento, comencé a acariciar sus duros
pectorales que tenía, sus suaves tetillas.
Aunque usaba una remera, podía sentir su duro cuerpo que gracias al ejercicio se
había convertido en un excitante abdomen. De repente se despertó debido a mis
fuertes caricias; yo sin saber que hacer le expliqué que debía sacarse la remera
por el incesante calor que hacía en la habitación. “Qué pasa”- “Nada sólo, que
hace mucho calor, por que no te quitas el polo”. Mi padre primero me miró
curioso, pero luego demostró que si, hacía mucho calor así que se quedó sólo con
el bóxer. No lo podía creer, estaba viendo esos pechos tan bien formados con
algo de pelo (alrededor de las tetillas), que llegaban hasta su ombligo, y
estaba cerca de mí. Continué acariciando ese espectacular cuerpo, siempre
percatándome de que estuviera bien dormido. No resistí la tentación y lamí una
poco de sus tetillas, a lo cual él cambió de posición dándome la cara. Pensé que
se había despertado, pero no. Estaba tan cansado que dormía como piedra.