Me acerqué a una parada de autobús en la que una joven de pelo teñido de rubio y peinado en rastas, que vestía unos ajustados vaqueros azul claro y un top blanco con el que exhibía el ombligo y una porción de su espalda, aguardaba a la llegada del medio de transporte. Monique miraba hacia el techo ausente, con la boca abierta y los ojos perdidos. De súbito, el hombre, en un alarde de resistencia, aceleró el ritmo para consumar su orgasmo; se movía con tanta rapidez que dejaba una trepidante estela de color a su paso. La fusión carnal fue impecable y según me llegaba mi insuperable orgasmo, que me guió hasta altísimas cotas de gozo, coincidimos la francesa y yo en un grito salvaje y desinhibido. El muchacho se iba soltando en un terreno que siempre parece ser pantanoso o tabú, más todavía con un perfecto desconocido—. Un individuo regordete, calvo, de mirada jovial con aspecto de ser el anfitrión de la fiesta, que conversaba con alguien a través de un teléfono móvil, acaparó toda mi atención. |