Sara se quedó fría y sonrió. Poco a poco mi lengua fue adentrándose más en su vagina, explorando cada rincón de ella. Me levantó jalándome el cabello y me condujo hasta la cocina, donde tenía instaladas unas cadenas que colgaban del techo. Yo me fui quitando poco a poco mi chamarra, las botas y el pantalón. Pensé que iba a romper en llanto, pero para mi sorpresa, y seguramente para la de ella, se levantó indignada y me plantó una bofetada que me cruzó la cara. Aquí está, cachorrita, come, que debes estar hambrienta – me dijo sonriendo. |