Si quieres – le dije con voz entrecortada puedo ocuparme de eso por ti. De todas formas, alguna miradita disimulada sí que eché por el retrovisor a las dos chavalitas de atrás. Me había olvidado que me enfrentaba a dos chicas modositas y bien educadas. No me malinterpreten, yo también había sido joven (aún lo soy, coño, que sólo tengo 32 tacos) y me he cogido más de una curda, pero los de mi generación teníamos un poco más de respeto y ni en sueños se me hubiese ocurrido echarle la papa en el coche a un pobre taxista que lo único que hacía era tratar de ganarse el pan. ¡Uaggggggg! – farfullaba la chica sin dejar de morrearse con su amiga. Ella no tardó ni un instante en hundir su rostro en nuestro beso, así que me encontré morreándome simultáneamente con dos bellezas de impresión, mientras mis pícaras manos exploraban hasta la última curva de sus espléndidas anatomías. |