Intentar llegar sin ser visto era una estupidez. ¿Es que no te cansas nunca? –saltó ofendido mi chaval. Quédate quieto que ahora entiendo por qué eres tan pegajoso. Cuando llegaba a Berga se me hizo la luz, las lágrimas se secaron y me retornó la autoestima. Era la sabiduría de la madurez, el silencio de la cognición, el reposo de las lenguas fatigadas. Las lenguas, en cambio, perseguían una comunicación integrada por mensajes pretéritos, códigos ancestrales que el amor inventó para ser compartidos. |