Estabas verdaderamente hermosa pellizcándote el pezón con una mano y acariciándote bajo la braga con la otra, así que me acerqué a ti, llevando mi boca a tu pezón libre y mis manos a tu cintura. Noté tu retraimiento y en lugar de entrar, deslicé mi miembro entre los empapados labios vaginales, dándonos a ambos un masaje gratamente placentero. Fue entonces cuando mis manos palparon la delicadeza de tu cintura y la curva de tus caderas. Te gocé entonces sin pausa, transformando tu grito inicial en gemidos de placer, mi fuego en agua, tu hielo en lava ardiente. Media cuadra después, en la puerta de un hotel, jalarás mi brazo y, dándome vuelta, me besarás. Me deslicé sutilmente mientras pude, hasta finalmente hundirme del todo, arrancándote ya no un gemido sino un pequeño grito. |