Cuando el ósculo (impregnado de un dinamismo oculto al observador pero no a los participantes) concluyó y nos separamos, al instante, su cara reflejó el desconcierto absoluto y la turbación a la que me estaba empezando a acostumbrar. Contemplando a otra con una rebelde mecha de color verde, a la que se le transparentaba la grieta de la entrepierna debido a su ajustadísimo atuendo, tracé en mi mente un símil consistente en considerar que la rendija femenina era la ranura dineraria de una máquina tragaperras en la que más de un desvergonzado habría insertado una moneda con la que tentar el bombo rotatorio de un embarazo inoportuno —no hace falta ser un experto en nutrición para saber que los bombones engordan al menor descuido—. Aparecieron unos senos, abultados y lechosos que contrastaban con sus extremidades de una tonalidad más tostada. La mulata, agradecida por mi inocente trato, me recompensó acariciándome cansinamente el cabello con el brazo libre, con un afecto casi maternal. En cualquier caso, puede que con semejante experiencia la mujer hubiera quedado traumatizada y creyera que un fantasma o un extraterrestre incorpóreo la habían poseído. —¡O me abres o tiro la puerta abajo, hostia!Escuchando el ultimátum del enojado marido y más acongojado de lo que me gustaría admitir, terminé de vestirme y giré el picaporte de la puerta. |