El champán, delicioso. Recuerdo que un año vi a un chico guapísimo de dieciocho años, acompañado por dos guardaespaldas, que ojeaba el catálogo muy serio y observaba de lejos, a través de sus gafas violetas, a cada una de las víctimas, para luego acercarse a ellas y pellizcarlas en el trasero. Puedes pasearte durante horas por la inmensa y enmoquetada antesala para echar un vistazo a la mercancía. De vez en cuando se congrega un grupo de compradores en torno a un maravilloso esclavo al que obligan a adoptar diversas posturas, a cual más lasciva y reveladora, y a obedecer una docena de órdenes. Los he observado en numerosos lugares, desde el pequeño y sucio pabellón en el Valle de los Reyes, en Luxor, la terraza del Grand Hotel Olaffson en Puerto Príncipe. Ostentamos una aureola de sensualidad de la que es casi imposible desprenderse. |