Aquella era mi oportunidad. ¡No me insultes, cabrón! – chilló la chica con los ojos como ascuas. Me había pillado devorando a su amiguita. La chica, en un último esfuerzo por colaborar, se apretó las tetas, estrujando mi falo entre ellas con fuerza. Aunque la chica no necesitaba ayuda, no pude resistirme a colocar mi mano derecha sobre su pelo, para acompañarla en el ritmo de la mamada y hacerla adoptar la cadencia que más me gustaba. ¿Tus padres pasan de ti o qué?No, me llaman a casa para controlarme. |