Una vez me despojó de toda mi indumentaria y mi torso estaba a su merced, suavemente me recostó sobre la blanca cama y allí se echó junto a mi no sin antes haberse quitado la camisa que llevaba, los dos nos fundimos en un cálido abrazo y volvimos con los besos que tanto me gustaban, así durante un buen rato hasta que por un impulso súbito decidió que nos quitásemos todas las prendas que aun ocultaban nuestras partes mas intimas de nuestros cuerpos. Los detalles de buen gusto se manifestaban en todo lo que aquel hombre tocaba, sobre la mesa un pequeño jarrón con flores frescas de múltiples colores, un candelabro con una vela aromática ardía entre nuestros rostros, el mantel era gris muy claro de lino y la vajilla una delicada creación italiana, las copas checas de un tintineo maravilloso llenas hasta la mitad de un frío vino del Penedés. Me tenía ensartado, todo el grosor de su miembro fue abriendo las paredes de mis intestinos, la punta rozaba la próstata, yo sentían inmenso placer. La decoración era bastante de diseño mezclada con útiles propios de un pintor, caballetes, una mesa donde se rebujaban cientos de tubos de distintas clases de pinturas, brochas y pinceles y demás cacharrería afín al oficio. Era un consumado amante, sabía perfectamente como controlarme y hacerme gozar, ahora la cuestión era como yo podía llegar a saber como volver loco a ese tipo tan peculiar que ahora comenzaba a conocer y lo peor de todo, no quería separarme ni un instante de el. Llegué un poco demorado a la oficina, mi jefe me esperaba con cara de pocos amigos. |