Nunca antes había practicado el ensamblaje en una vagina tan acogedora y tan bien lubrificada: era como una puerta a otra dimensión. Calculé que en tensión, el grotesco pene mediría medio metro, quizá hasta algunos centímetros más. laboratorio donde trabajaba, tuvo la asombrosa virtud de hacer a mí y a mi ropa invisibles a ojos de los demás. Caí en la cuenta de que cualquier observador debía de estar interpretando la escena como la morbosa actuación de un mimo. El tacto de la chicas en cortas mallas negras de ciclista fue uno de los que me aportó mayor regocijo, no obstante, no le hice ascos a prácticamente ninguna retaguardia que se me puso a tiro. Miradas disimuladas pero llenas de displicencia me estigmatizaban psicológicamente a mi paso. |