No tuve mucho que esperar. Terminamos manoseándonos las conchas, clavándoles dos, tres, cuatro dedos y gritando descontroladamente, hasta acabar llorando como locas. Nos atacamos al mismo tiempo y terminamos revolcándonos por el piso, refregando los muslos contra las rajas hambrientas, furiosamente abrazadas. Ante mi, dos tetas deliciosamente paradas me apuntaban, desafiantes. Solo quería chuparla, chuparla y chuparla, sorberle todo el jugo, toda la carne y el sudor y la saliva, beberla y refregarme en esa piel caliente y mojada. Ante mi, dos tetas deliciosamente paradas me apuntaban, desafiantes. |