No sé cómo se me ocurrían aquellas guarrerías. Un poco más tranquilo ya, sabiendo que lo bueno se había acabado, seguí conduciendo, aunque la tremenda empalmada que llevaba (¿alguien lo dudaba?) me hacía sentir bastante incómodo. ¡AAAAGHH! ¡AAGGHH! ¡AAHHHHH! – aullaba Nuri mientras soportaba mis empellones. Legendaria entre los taxistas es la historia de Manolo, compañero de gremio, que le echó unos piropos demasiado soeces para reproducirlos aquí a un pedazo de rubia de pelo rizado que pasó con sus amigas, justo antes de descubrir que era su hijita con 14 añitos recién cumplidos. A buen entendedor, pocas palabras bastan, así que Nuria, ni corta ni perezosa, deslizó una pierna a un lado de la cabeza de Natalia, apoyando la rodilla en el asiento y dejando el otro pié apoyado en el suelo. Por el retrovisor pude ver cómo la sola mención de sus papás hacía que la sangre se helara en las venas de Jamona. |