Desde hacía un rato tenía la jeringuilla lista para que empezara el traqueteo. La única luz ambiental era la de una lámpara de pie cuya luz había sido atenuada con una gasa roja. El chaval se retiró resollando como si acabara de cubrir un maratón, y, sin dejar que la libido de la mujer disminuyera, fue sustituido por un rubio espigado, que sin mediar palabra, le incrustó su fino miembro y empezó a imitar (sin necesidad de hacer vibrar ni una cuerda vocal) al elocuente e inmortal Elvis Prestley. La frigidez podía ser motivada por un prematuro contacto sexual completo, y, aunque estrictamente no fuera un asunto de mi incumbencia, no me hacía gracia que hubiera tantas compatriotas inmunes al placer. Sintiendo un cosquilleo en mis piernas, oí un sonido obsceno de succión que probaba que el agua de la bañera estaba formando un remolino y no tardaría en vaciarse totalmente. En el centro de la agrupación había un hombre moreno y delgado, con el falo más desproporcionadamente grande que había visto. |