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JUGANDO CON NANDO 2
Después de haberle preparado a Ramón una bromita que podía hacer peligrar mi integridad física cuando la descubriera, escapé como el cobarde que siempre había sido. Subí al piso de arriba por las escaleras interiores que comunicaban desde el garaje, y me encerré en mi habitación, desde la ventana de la cual se podía divisar un plano bastante bueno de la piscina y alrededores. Allí me quedé observando, impaciente ante la aparición de Ramón, que se demoró más de lo normal. ¿Qué cojones estaba haciendo tanto rato en el baño? Puede que planeara su venganza, cruel venganza contra el enano de mierda que se había atrevido a desafiarle. Por suerte, yo me encontraba ya en zona segura; oía las voces de mi tía Aurora, de mi tío Juan Luis y de una vecina de la urbanización. Voces confortables que no permitirían que Ramón me hiciera ningún daño. Seguí con la vista clavada en la ventana, viendo como toda la pandilla se lo pasaba en grande. Bueno, todos menos Mario, claro. El pobre chaval estaba sentado en la terracita que rodeaba la piscina, supongo que esperando que apareciera yo para atreverse a entrar en el agua. Allí chapoteaban Juanlu, Marcos, Sergio y su hermana Patri, estaba también Damián, que repartía su seducción entre mi hermana Marta y la propia Patri, también visiblemente loca por nuestro moreno vecino... Félix no dejaba de lanzar miraditas cargadas de desprecio a su hermano pequeño, e imaginaba las cosas que le decía pese a no poder oírle: "ballena", "foca enana", "saco de grasa", "muñeco Michelín", y el pobre Mario aguantando el chaparrón como buenamente podía. Tan solo esperaba que Ramón no descargara su rabia contra él, que no se cebara al constatar que me tenía fuera de su alcance para la terrible venganza que sin duda planearía tras mi chulería con el diminuto bañador. En ese preciso instante, un ligero (muy ligero) chasquido, me hizo darme la vuelta casi de un modo instantáneo. La puerta ya se abría de un modo silencioso, y la cabeza de Ramón asomó inesperadamente en mi habitación, con el dedo índice sobre sus labios, y un suave siseo que me pedía silencio. -No grites, Nando... -intuyendo que esa iba a ser mi primera intención. Yo no grité, la verdad es que no lo hice, y sigo preguntándome por qué. Puede que no captara un odio intenso en su mirada, ni en su tono de voz susurrante, o que me sorprendiera oír mi nombre de sus labios sin que fuera precedido por un insulto. Quizá lo que pasó es que no creí que se atreviera a hacerme daño estando a tan pocos metros de mi familia, que sintiera curiosidad por saber el motivo de su visita, de su atrevimiento al incumplir la rígida norma de mi tía Aurora de no dejar que ninguno de los chicos de la pandilla subiera a la planta de arriba. O tal vez me quedé tan acojonado que mis cuerdas vocales se cerraron, impidiéndome proferir cualquier tipo de alarido de terror. No, no creo que fuera eso lo que sentía en el estómago cuando le vi entrar y cerrar la puerta con cuidado tras de sí. -¡Como te me acerques voy a dar un grito! -le mentí, pues pese a todo no dejaba de ser el mismo cabrón que me abofeteó a principios de julio, y que llevaba martirizándome desde lo que mi mente recordaba. -No quiero hacerte daño -siguió susurrando, sin dar un paso al frente al pensar que pudiera ponerme a gritar-. Pero tampoco quiero hablar desde la puerta. Entre la cama que hacía servir mi primo Juanlu en agosto y la mía había casi un metro de separación, y le permití que caminara hasta ella, quedándose a los pies. Yo seguía sentado sobre mi colchón, cerca de la ventana pero ajeno ya por completo a lo que ocurría en la piscina. -A mi primo le va a extrañar que ni tú ni yo hayamos salido aún -le dije-. Creerá que me estás molestando y saldrá a buscarte. -Sólo va a ser un momento. -Ni siquiera sé por qué te dejo estar aquí -negué con la cabeza-, sobretodo después de cómo te pasas conmigo. -Porque eres un niño malo -dijo convencido. Aquello me sorprendió; esa frase no parecía típica de Ramón, como si se la hubiera oído a alguien antes y simplemente tratara de soltarla imitando el mismo tono de voz de la persona a quien se la hubiese escuchado. Aún así, no me paré a darle muchas vueltas. -Sí, claro -le repliqué enseguida-, como si a mí me gustara que me fueran dando ostias por ahí. -¿Y no es por eso que me has dejado un regalito en la puerta del baño? -Pues no, no ha sido para que me dieras otra ostia como la de aquel día. Y tampoco es un "regalito", como tú lo llamas. Es simplemente que no me lo voy a poner nunca más, y como parecías tan interesado en él... -me encogí de hombros, arqueando las cejas. Tampoco esa vacilada era propia de mí, pero al menos en mi caso sí sabía de dónde la había sacado. Otra más de las sugerencias del Nando Losada chulesco de mi imaginación, que parecía estar conmigo en el cuarto para ayudarme a salir de aquel embrollo como lo haría él. -En cualquier caso, chaval, sólo quería demostrarte que soy un tío agradecido. -A mi tía Aurora no le gustaría saber que has subido mojado -fue mi sutil manera de recordarle dónde estábamos. -Enseguida me voy. ¿Pero no quieres saber antes lo que he hecho con tu ridículo bañador? -La verdad es que me da igual -le volví a mentir; de todas formas, sabía que me lo iba a acabar diciendo. -Incluso si te digo que lo llevo puesto bajo las bermudas... Miró hacia abajo y le seguí con la mirada, desviándola al instante. -Ya te he dicho que no pienso utilizarlo nunca más. ¿Por qué me va a importar que lo lleves puesto? -Porque eres un niño malo -repitió, bajando el tono de su voz. -Tú verás lo que haces con él -no me quise mostrar impresionado, ni mucho menos interesado-. Ya es tuyo. -¿Y no sientes ni una pizca de curiosidad por saber cómo me queda? -Pues no, la verdad, no tengo ninguna necesidad de ver a una especie de Torrente con tanga en mi cuarto -sin querer parecer ofensivo. -Vamos, colega, ¿vas a seguir fingiendo que no te gusto? Yo seguía pegado a la ventana, con la espalda apoyada en ella, y Ramón no se había movido de los pies de la cama de mi primo Juanlu. Pero en ese momento consideró oportuno acortar la distancia que nos separaba, y decidió dar un par de pasos. Su mirada se clavó en mí. -¿Vas a decirme que no eres tan guarro y tan vicioso como el maricón de tu tío Juan Luis? Al oír aquellas palabras se me revolvió un poco el estómago, pero no por el asco que debería haberme producido escucharlas de sus labios, si no porque vino a mi memoria un recuerdo muy reciente. Algo que tenía bastante que ver con Juan Luis, aunque no sólo con él, y que respondía a la pregunta de Ramón sobre si yo era o no un guarro y un vicioso. La misma mañana en que el chucho de nuestro vecino Damián le había olisqueado los calzoncillos en su jardín, yo me había quedado un tanto excitado, como tras una masturbación inconclusa. Mi cuerpo había despertado esa mañana antes incluso que mi mente, y de ahí que tratara de buscar la manera de desahogarme antes de que se levantara el resto de la familia. Como no quería hacérmelo sin ganas, me encaminé a la habitación de mi tío Juan Luis, contigua a la mía en la planta de arriba de la casa. Era su último día antes de volver a Madrid. Mi tío tenía un sueño muy profundo, de esos a los que ni un terremoto les saca de su descanso casi místico. Y también la estupenda manía de dormir en verano con la puerta semiabierta, un antifaz para la claridad y completamente desnudo. No era la primera vez que me arriesgaba a entrar a hurtadillas en su habitación antes de que despertara para pillarle probablemente empalmado, montando tienda de campaña bajo la sábana. Por experiencia sabía que no se iba a despertar, de modo que tiré de la tela con suavidad hasta descubrir su miembro a media asta. La suya era la única, aparte de la mía, que yo había tenido ocasión de ver crecida en mi vida. Se añadía a la situación el mismo morbo que cuando iba al cubo de la ropa sucia en busca de sus calzoncillos usados. La sensación de estar haciendo algo indebido, algo impropio, y sobretodo la posibilidad de ser pillado. Eso era sin duda lo que más conseguía encenderme. Me quedé unos segundos observándola, viendo cómo se bamboleaba ligeramente al compás de la respiración de mi tío. Siempre sentía deseos de cogerla, simplemente por experimentar la sensación de tenerla entre mis dedos y juguetear con ella. Sabiendo que ese no era un riesgo que quisiera correr, me conformaba con bajar la mano hasta mi propia entrepierna, y permitirme el capricho de pensar que la que tocaba por encima de la tela del pijama no era la mía, si no aquella tan sugerente que palpitaba sobre la cama. Mi tío hizo un movimiento involuntario y se colocó de lado, mostrándome ahora su culo peludo. Pegué las rodillas al colchón. Seguro que más de una mañana Juan Luis se habría preguntado por qué tenía el trasero pegajoso. Yo nunca le revelaría aquel enigma. Luego siempre me sentía culpable, cuando ya era demasiado tarde para arreglarlo. Pero esa mañana en concreto, oí demasiado pronto el carraspeo de mi tío Paco, el marido de Aurora. Si él estaba ya despierto, estaba claro que el riesgo de ser pillado aumentaba hasta cotas que me imposibilitaban seguir allí dentro. Salí de la habitación de mi tío Juan Luis en el momento justo en el que Paco aparecía desde su cuarto, con los ojos legañosos, y me daba los buenos días. Decidí exiliarme a mi cuarto, olvidando aquel coitus interruptus sin ganas de seguir buscando desahogo. Involuntariamente, lo encontré un par de horas más tarde y con el propio Paco. Era un poco bruto. Y un poco guarro también. Algunos años más mayor que Juan Luis, también aquel principio de verano descubrí en mi tío Paco lo que antes ni me había interesado: que exudaba erotismo sucio por todos los poros de su cuerpo. Para cuando decidí salir del cuarto y volver a la realidad, Paco llevaba ya un buen rato trajinando en el huerto. Salí en pijama al balcón, para que me diera un poco de aire fresco y poder observarle desde allí. Pelo grasiento y repeinado, barba de más de tres días, algo barrigón y peludo desde cualquier ángulo que le miraras; llevaba esa mañana su típica camiseta de tirantes (puede que la única que tuviera), que bien lavada podría pasar por blanca, lo mismo que un pequeño pantalón como de corredor de atletismo. Un rato después de estarle observando, empecé a sentir cierta atracción por ese aire sucio y rural que llevaba consigo, todo empapado en sudor. Bajé a darle de nuevo los buenos días y me acomodé en una hamaca, mirándole a cierta distancia y con un vaso de colacao sobre la mesa. Al cabo de un buen rato, algo cansado ya de estar allí sentado sin hacer nada provechoso, estaba a punto de marcharme cuando vi que Paco se acercaba: -¡Yo me voy a dar un manguerazo, nano! Anímate, a ver si te despejas. Tuve que declinar la oferta, sustituyendo la pose de aburrimiento por una que dejara claro que estaba a gusto allí medio tirado. Ya no tenía ganas de marcharme, y por supuesto, tampoco nada mejor que hacer. Paco se quitó la camiseta y la dejó sobre la mesa. Luego, de espaldas a mí se descalzó las botas y se quitó el pantalón, quedando sólo vestido con un sudado calzoncillo slip de esos baratos que mi tía le compraba. Caminó hasta el grifo que tenía enchufada una manguera, lo abrió y empezó a empaparse en agua de los pies a la cabeza. Como era lógico, el pedrusco que tenía entre las piernas se hizo perfectamente visible bajo la transparencia de la tela. De frente, de perfil ó de espaldas, el espectáculo ante mis ojos merecía de repente una buena sacudida a mi recién despertada excitación, pese a que no pude más que tocarme discretamente. Supongo que debió pensar que un buen manguerazo no era completo sin el desnudo integral, aunque su sobrino estuviera delante. Se colgó la manguera al hombro y se agachó para quitarse el gayumbo empapado, continuando enseguida con el bañito. La segunda morcilla adulta rodeada de pelo negro de mi repertorio, pensé, aunque resultaba incómodo fijar la vista en mi tío y evitar al mismo tiempo que mi propio sexo estallara. Miré hacia otro lado saboreando mi colacao, y esperando a que Paco concluyese el remojón. Se plantó enseguida frente a mí con todo lo que le colgaba y chorreando agua; agarró su ropa y se metió en el garaje sin decir nada. Supuse que iba al cuarto de baño, ese en el que aún no se había producido ninguno de mis dos desagradables encontronazos con Ramón. Tenía dos ventanas, una que daba al exterior y otra más pequeña que comunicaba con un trastero frío y desangelado contiguo a él. Deseando que ésta última ventana estuviera abierta, me levanté de la hamaca a toda prisa, fui hasta el trastero oscuro y poco transitado, y entré en él sin hacer ruido. ¡Perfecto, la ventana estaba abierta! A ella me asomé con absoluta discrección. Desde el interior del cuarto de baño era casi imposible descubrir que alguien observaba. Paco había ajustado la puerta con evidente despreocupación, dejando claro igual que había hecho minutos antes que no tenía ningún tipo de manías o complejos; había lanzado la ropa sucia a la bañera y se acercaba a la taza del váter para mear con naturalidad. De allí abajo salió un buen chorro de pis mal dirigido que ni se molestó después en limpiar. Simplemente se la sacudió un par de veces y salió por donde había entrado. En cuanto tuve el campo libre, corrí hacia el lavabo con la mente ya absolutamente encendida, y el cuerpo por el mismo camino. Ajusté las ventanas y el pasador de la puerta, y cogí la ropa de la bañera. Aquellas prendas desprendían un aroma asqueroso lo olieras por donde lo olieras. Y sin embargo, tener la posibilidad de olfatearlo como había hecho aquella mañana el perro de Damián con sus calzoncillos, me pareció una de las cosas más excitantes que me habían ocurrido jamás. Al menos en ese momento. Sin tiempo que perder, me arranqué prácticamente el pijama y me puse primero la camiseta de tirantes, humedecida por el sudor de mi tío Paco. Después los pequeños pantaloncitos blancos a pelo, con mi polla casi saliéndose por todos lados. De esta guisa me miré a mí mismo en el espejo de cuerpo entero que había junto a la bañera, y la imagen que éste me devolvió no hizo más que ponerme a mil por hora. Viéndome con aquella ropa que minutos antes cubría el cuerpo peludo y sudoroso de mi tío Paco, me acerqué lentamente al espejo hasta que estuve tan cerca, con todo mi cuerpo tan pegado a él, que empecé a lamer mi propio reflejo como si me besase a mí mismo; o lo que es aún mejor, como si besara a otro, tal vez a él. Yo sabía que en circunstancias normales no sentiría ese deseo, que simplemente era una idea que me ayudaba a sentirme cada vez más y más excitado. Por eso me rendí sin tapujos a aquella fantasía guarra e inmoral. Me puse de perfil para ver el bulto que formaba ese pantalón con mi sexo endurecido debajo, fantaseé con que ese también era el de Paco y me lo cogí con fiereza, acercándome aún más, pegándome lo máximo al espejo, empezando a dar ligeras embestidas... Entonces vi la silla. El respaldo tenía una especie de círculos uniformes en cuanto a forma y tamaño. Con la sensación de quien trama algo divertido, cogí el calzoncillo mojado y lo coloqué en el respaldo como pude, tensándolo al máximo. Después me saqué todo el equipo del pantalón con la mano bien llena, y busqué un agujero de aquel respaldo adecuado a mis medidas. Con la barrera del slip húmedo y estirado al límite de su capacidad, taladré aquel agujero con precisión y firmeza, mientras veía en mi mente desaforada a Paco cogiéndose del borde de la bañera y con el culo abierto en pompa para mí. No me importó que me doliera. El simple tacto con la humedad del calzoncillo era suficiente como para seguir penetrando aquel agujero sin descanso. Cerré los ojos para seguir dándole una y otra vez a mi tío Paco... ¡hasta que éste llamó de pronto a la puerta! -¡Oye, nano, pásame la ropa que he dejado en la bañera, por favor! -me pidió sin esperar respuesta. -Un momento -dije enseguida-. Espera un segundo. Estoy... cagando. -Vale, pero abre luego para que se ventile -bromeó, sin moverse de junto a la puerta. Tras un primer instante de pánico, mi excitación se incrementó notablemente, mi mente calibró las excitantes posibilidades que se abrían para mí con aquella aparición de la nada. Saqué el calzoncillo del respaldo y con él en la mano fui hasta la puerta. No dejé de meneármela ni un segundo. Quería saber que Paco estaba a menos de un metro de mí mientras me corría sobre su ropa. No le oí decir ni una palabra, pero sabía que seguía allí desnudo, esperando que abriera. Unas pocas sacudidas más y la leche me salió a borbotones, cayendo sobre el calzoncillo que puse de paracaídas. Me limpié bien el capullo con el pantalón, y la mano en la tela de la camiseta, con la que me sequé el sudor de la frente y el cuello. "¡Ya voy!", le dije, entre suspiros. Tiré de la cadena, me puse el pijama de nuevo, esta vez con la polla metida entre las piernas para disimular la semi erección, e hice un bollo con las prendas de mi tío. Abrí las ventanas y la puerta, y Paco me quitó la ropa con una sonrisa: "La pondré en la lavadora, que luego tu tía se mosquea si la encuentra por ahí tirada", dijo antes de darse media vuelta y alejarse. Su culo peludo se mostraba tan normal, ajeno por completo a las embestidas que le había dado en mi sucia mente. Y lo mejor de todo, o quizá lo peor, fue que pese a haber eyaculado abundantemente y sentirme físicamente agotado, la visión una vez más de aquel hombre desnudo y mojado no había dejado de resultarme extrañamente excitante y embriagadora.
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-¡Deja a mis tíos en paz! -casi le grité a Ramón en mi cuarto. Él sólo había mencionado a Juan Luis, pero sin duda yo me sentía confundido por las imágenes que en unas décimas de segundo habían copado mi cerebro. Por suerte, Ramón no se percató de aquel detalle. -No lo consideres un insulto, Nando. No creo que ser un guarro y un viciosillo sea algo malo. -Mi tío Juan Luis no es un vicioso, para que lo sepas -le defendí, puede que de un modo demasiado infantil. -A mí tu tío en realidad me la trae floja -quiso aclarar-. Me interesa más saber lo que tú piensas. -Lo que yo pienso... ¿sobre qué? -Sobre el hecho de saber que llevo puesto tu minúsculo bañador. -Ya te he dicho que no me importa en absoluto. -¿Estás seguro de eso? Sus rodillas estaban ya pegadas a mi colchón, aunque aún me encontraba yo lo suficientemente lejos como para no tener que bajar demasiado la vista, para darme cuenta de que Ramón se hacía con el extremo de uno de los cordones naranjas de sus bermudas, y tiraba de él lentamente. Mi cerebro se inundó de luz brillante y cegadora, una especie de pulsación interna que poco tenía que ver con el miedo. El Nando Losada de las gafas de Sol en la cabeza parecía estar apoderándose otra vez de mí, porque en vez de decirle que se estuviera quieto y dejara de hacer el idiota, lo único que fui capaz de hacer fue animarle a seguir. -Si piensas hacer alguna estupidez, será mejor que pongas el pasador en la puerta. No sé qué pensaría mi tía si te viera ahí plantado y amenazante. -¿Te sientes amenazado? -dejó caer el cordón, con lo que sus bermudas quedaron completamente desatadas. -Ahora mismo, no -de nuevo aquel vacilón que no era yo; ¿o sí lo era? -Genial, porque no quiero que te sientas amenazado -caminó de espaldas hacia la puerta, corrió el pasador sin hacer ruido, y no dejó de mirarme mientras caminaba de nuevo hacia mí-. Prefiero que pienses en esto como en un juego. -¿A qué te refieres exactamente cuando dices "esto"? -Me refiero a estar aquí los dos solos, jugando a las prendas. -¿A eso estamos jugando? -le pregunté, echando mi cuerpo hacia adelante y recolocando una almohada que tenía en la espalda. -Tal vez. Tú me has regalado tu bañador, y te quiero corresponder de igual forma. Aunque antes de darte éste, quiero ver cómo te queda. Dicho lo cual, no dudó en agacharse para desprenderse de las bermudas por los pies descalzos que pisaban la moqueta de mi cuarto. Cuando se incorporó con la prenda naranja en la mano, la insignificante pieza azul marino, que yo había estado utilizando para mis baños desde hacía tanto tiempo, quedó allí presente, delimitando una zona carnal desconocida (y hasta entonces creía yo que vetada) en el cuerpo de Ramón. Era tan escueta la tela, y estaba tan húmeda, que era casi como si nada cubriera el sexo de aquel tío. Multitud de pelos oscuros afloraban a ambos lados de la Montaña Mágica, incapaz como era aquel bañador infantil de cumplir entre las piernas de Ramón su función como discreto escudo de las miradas ajenas. Y cuando se dio la vuelta, supongo que animado por mi expresión de completo asombro, tan lejano ya el miedo, dos enormes glúteos también peludos peleaban por escaparse de las tiras elásticas que los estrujaban. Colocó ambas manos sobre su trasero, y estiró un poco de las nalgas, para que la tela se le introdujera entre ellas. -¿Era esto lo que has dicho que no necesitabas ver, un Torrente en tanga? -se vanaglorió con cierto orgullo; se volvió de nuevo hacia mí, y me tendió sus bermudas-. Ahora veamos cómo te sienta a ti mi regalo. -No pretenderás que me lo pruebe ahora mismo... -casi balbuceé. Me sentía aún demasiado confuso con aquella escena, que no se desarrollaba sólo en mi mente, como cabría pensar dado lo surrealista del momento. Pero esa confusión no me hacía perder de vista la perspectiva del asunto. Ramón no era ningún tío bueno, eso estaba claro. Pero tampoco lo eran ninguno de mis tíos auténticos, y eso no había impedido que a uno le encañonara de vez en cuando mientras dormía, y que con el otro jugara a veces mi cerebro a juegos muy poco infantiles. La ventaja del chico sobre los otros dos era sin duda el hecho de tenerle allí delante, con intenciones aún poco claras, pero dispuesto a jugar a algo que se presentaba interesante. Y con la presencia de un minúsculo bañador que nunca pensé que pudiera encontrar excitante.
Continuará... |
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