PROTEINAS PARA EL CHINO

Ese nuevo curso mi Universidad había firmado un convenio de colaboración con China, por lo que, pronto, a la buena cantidad de estudiantes extranjeros que ya había, se unirían algunos orientales de dicha nacionalidad.

El día que Yang se presentó en mi casa por el anuncio que puse de que alquilaba la habitación que me quedaba libre, supe que quería compartir piso con aquel chino de ojos tremendamente rasgados, enormemente extrovertido y buen angloparlante, porque lo que se dice hablar español, no hablaba mucho. Pero pensé que me vendría bien aprovecharme de sus conocimientos de inglés además de que sería interesante la convivencia entre personas de culturas tan diferentes. Y, por qué no decirlo, era uno de los pocos chinos guapos que me había cruzado.

Yang en seguida se adaptó. En casa era cuidadoso y no molestaba nada, al contrario, teníamos un buen rollo increíble. Y en la facultad de Empresariales todo el mundo le conocía y todos le invitaban a fiestas a las que muchas veces tanto yo como mis amigos le acompañábamos. También eran míticas las partidas nocturnas a la play y el acabar borrachos como cubas, tirados sobre el sofá, el uno apoyado en el otro y sin casi poder movernos. Nos habíamos hecho buenos colegas en un par de meses, aunque yo todavía me reservaba el no hacerle pasar por el mal trago de descubrir que su compañero de piso era gay. Eso, para un chino, debía de ser bastante traumático, pues para ellos poco menos y eso debe de estar castigado con pena de muerte. El problema es que no tardé en descubrir cómo de traumático podría ser para él.

Aquella noche de sábado Yang había dicho que seguramente no volvería a dormir, así que con la casa toda sola para mí, salí a comerme el mundo. Lo que en realidad me comí fue a un yogurín de metro noventa y de espaldas anchas como un armario que a pesar de tener tan sólo 19 añitos era un auténtico Hércules que me dio a comer su nabo y su duro culo bien trabajado en el gimnasio.

Aquel niñito tenía buena práctica y puedo asegurar que me folló el culo sin contemplación en el sofá del salón, poniéndome a cuatro patas sobre éste y hundiéndome su buen nabo de 16 cm en todo el agujero, el cual tenía un hambre voraz desde hacía unos cuantos meses. Mi polla estaba tiesa como un palo ante la sensación que me provocaban sus redondos pectorales sudados contra mi espalda, así como los gemidos que me regalaba en mi oído izquierdo, ensordeciéndome ese sentido así como la vista, que se me nublaba cada vez que me clavaba su dura salchicha en todas las tripas y un horrible y doloroso calambre hacía que mis piernas temblaran, que mi cipote expulsara a borbotones precum y que mi garganta profiriese sonidos de desgarrador gozo.

—Me voy a correr ya, tío. Me pones tan cachondo… —me avisó el chavalín, regalándome unos cuantos besos en el hombro y revolviéndome mi pelo rubio, cada vez más largo.

—Vale —dije—. Pero sácamela despacio para que la sienta bien y luego quiero que me eches tu lefa en la boca para tragármela.

—¿Quieres comértela? —preguntó perplejo—. No hay problema —aceptó el chico contento—. Tengo los huevos bastante llenos, así que saldrá espesita.

—Mejor. Me encanta bien espesa —solté como un hijo de puta encabronado de placer.

Me sacó su pepino muy lentamente, dejándome un inmenso vacío, y me ayudó a girarme y a sentarme en el suelo mirando hacia arriba, con la boca abierta, dispuesto a recibir todo su rico y blanquecino yogur. Y ya lo creo que fue yogur de lo denso que estaba aquello.

Le acariciaba sus amplios muslos, los cuales tenía afeitados. Eran como columnas, y de vez en cuando me erguía un poco apoyándome en mis brazos para darle sonoros chupetones en los huevos. Entonces, cuando empezaron a venirle las primeras convulsiones, estiré mi cuello y abrí mi boca a más no poder, sacando mi lengua para recoger sus néctar, aquella esencia de hombre todavía en formación, pues a los 19 queda mucho por desarrollar aún.

El problema fue que la agitada respiración así como los jadeos del chico me impidieron escuchar a Yang entrando por la puerta y ver cómo se quedaba atónito en la antesala del salón. El oriental pudo observar sin caber en sí de asombro cómo el primer grueso trallazo de leche que escupía con un grito de tremendo gusto el chico se estrellaba en toda mi frente, nariz y boca, y de qué forma los siguientes iban a parar directamente a mi traquea y a mis labios, desde donde degusté aquel manjar lácteo, relamiendo los restos que quedaban en mis comisuras. Cuando quise rechupetearle el nardo ya fláccido y bien limpio, me percaté de la presencia de mi amigo en la puerta del salón y un nudo me atenazó el pecho, provocando que casi me atragantara.

Él me miró estupefacto, sin saber qué decir, entonces reaccionó.

—Lo siento. Yo no visto nada —dijo como una bala, con la cara roja de rubor. Rápidamente se escabulló a su habitación.

Me levanté a toda prisa, con cara de preocupación, besé en los labios brevemente a mi acompañante todavía casi adolescente y le pedí que por favor se marchara, que había sido un buen polvo y que quizás algún día repitiéramos. Así que me despreocupé de mi amante y, con toda la cara pingando de lefazo, pues no quería perder ni un segundo, fui hasta la habitación de Yang, golpee la puerta con lo nudillos y entré.

Él estaba de pie, colocando alguna ropa, me miró confuso, observando mi cuerpo totalmente en pelotas. Giró la cabeza para mirar a otro lado.

—¡Yang! Lo siento, tío —solté como una explosión—. Siento no haberte explicado antes que me gustan los hombres y siento que hayas tenido que saberlo así —empecé a disculparme un tanto abruptamente.

—¡Ponte algo! —me señaló con la mano, tapándose los ojos y todavía sin mirar. Como si ver mi cuerpo desnudo no fuera cosa cómoda.

Torpemente, alcancé un cojín que había sobre la cama y me tapé mis impúdicas partes.

—¡Ya! —dije.

El chino se giró y me miró serio.

—No importa que tu gusten los hombres. Yo veo en España normal. Pero no gusta ver así a amigo —se refirió a la escenita del salón.

—Lo siento —dije apenado. No me apetecía nada que nuestro buen rollo se estropeara—. Lo siento mucho, pero yo pensé que no vendrías y entonces…

—No importa —repitió él resolutivo—. Yo venir a España para abrir mente. Tú amigo, tú homosexual, pero Yang no. Tú no pensar en Yang.

No pude evitar que una pequeña sonrisa se reflejara en mi cara ante aquella idea que Yang reproducía con un tono muy serio y casi de enfado o de advertencia.

—Yo nunca he pensado así en ti Yang. Yo sé que a ti te gustan las mujeres.

—Sí. A mi me gustan las mujeres —se reiteró en su posición—. Pero tu no importa si ti gustan los hombres.

—Gracias —expresé sincero—. Me alegro mucho de que no te importe —sonreí, y le extendí la mano para que me la estrechara, pero él la observó con desconfianza—. Está limpia —afirmé.

—No está limpie. Tú tocar polla de chico —señaló hacia el salón—. Tú tener esa cosa en la cara.

Entonces me di cuenta de que los trallazos del yogurín de 19 años seguían impregnando todo mi rostro. Hice por limpiarme con la mano, pero no me pareció lo correcto. Yang, que tenía una de sus camisetas usada y arrugada entre las manos me la pasó para que me limpiara.

—Gracias —dije.

—Regalo —sonrió—. No de vuelta.

—Gracias —repetí.

—Yo alucina contigo. Te gustar cosa blanca. ¡Qué asco! —exclamó arrugando su rostro—. ¿Tú comer propia cosa blanca? —preguntó con una sublime inocencia pero con ciertos matices de insana curiosidad.

—¿Qué si me como mi propia lefa? ¿Mi semen? —dije, poniendo un gesto reflexivo.

—Lefa. Semen —asintió contento por encontrar palabras sinónimas que desconocía.

—A veces lo he hecho —expliqué de lo más natural—. Pero prefiero la de los demás.

—¿Y no dar asco? A mí dar mucho asco. Jamás comer mi misma… —dudó en reproducir la palabra— lefa.

—No me da especialmente asco —me encogí de hombros.

—Tú mejor callar y lavar cara —señaló mi rostro, de nuevo con una mueca seria—. Yo ser cansado y dormir. Tú también. Descansa. Mañana hablamos.

—Bien, Yang. Entonces buenas noches —me despedí de él hasta la mañana siguiente—. Y lo siento muchísimo.

—Tú calla y lava cara. Buenas noches —se despidió con un gesto de su mano, todavía entre enfadado y comedido.

Cerré la puerta al salir de la habitación y me encaminé al salón. Allí el yogurín había recogido todo y se había largado. Suspiré y me encaminé al baño, todavía con la camiseta usada de Yang en la mano y mi cara con la lefa cada vez más reseca sobre la piel. Entré en el lávabo y me miré al espejo. Abrí el grifo, me lavé la cara y me sequé después con la toalla.

Me dolía un poco el culo por la buena follada que me había dado aquel chavalín, me lo toqué un poco y noté un cierto hormigueo. La verdad es que todavía no me había corrido y seguía un poco caliente, sobre todo pasado ya el susto. Me senté en la taza del váter como por inercia y eché un vistazo al baño. No sabía si pajearme o irme con los huevos llenos a la cama.

El caso es que empecé a sobarme la polla, que tardó poco en reaccionar. Lentamente comencé a subir y a bajar la piel del prepucio, dejando caer buenas cantidades de saliva sobre el capullo para ir lubricándolo. Con los ojos entrecerrados observaba mi mano estrujando mi cimbel. Y en ese momento, con la vista medio borrosa, reparé en aquel cubo blanco. De él sobre salía un calcetín, dado la vuelta y con la punta amarillenta a causa del sudor. Era el cubo de la ropa sucia.

Sin dejar de rodear mi polla con la mano estiré mi brazo libre y levanté la tapa. Un cierto aroma a macho reconcentrado se coló en mi nariz y levantándome levemente rebusqué en aquel cubo. Pronto di con la prenda ansiada, aquel slip gris deportivo que pertenecía a Yang. Ya le había visto en varias ocasiones deambular por la casa sólo con él puesto, con aquel cuerpo fibroso y delgado que tenía mi compañero de piso, con su piel de aquel tono propio de los asiáticos.

El calzoncillo estaba muy arrugado, lo apreté entre mis dedos y lo acerqué a mi nariz, inhalando con ganas. Un extraño aroma me invadió. Me resultó raro y diferente. No era ese olor tan peculiar a hombre que yo conocía, sino que tenía otros matices. Separé mis labios levemente y saqué la punta de mi lengua, que en seguida rozo la tela del slip, sobre todo en esa parte en donde una pequeña mancha amarillenta de meado había quedado impregnada. Tras humedecerlos un poco, envolví toda mi mano con ellos y comencé a sobarme mis voluminosas y duras tetas, mi vientre y acabé agarrándome la polla así, con ellos, masturbándome lentamente. Cerré los ojos y solté el aire, excitado. En mi mente visualicé a Yang. Sólo que al abrir los ojos casi di un grito de terror, pues le vi a él en persona.

Me acababa de pillar pelándome el rabo con su calzoncillo rodeándolo. El chino me miraba con mueca desencajada. Tragué saliva y quise que se me tragara la tierra, porque ya era la segunda vez en menos de una hora que me pasaba aquello. Él estaba sólo con unos bóxers azules y supuse que vendría a lavarse los dientes como hacía siempre antes de acostarse.

—¿Ese es mi calzoncillo? —señaló.

—Yo… —ahora si que no había excusas. La había cagado hasta el fondo.

Pero Yang se aclaró la voz, carraspeando, y habló.

—Yo pensar que si tú querer leche yo darte mía —soltó de repente, muy resuelto, aguantando su nerviosismo de forma bastante lograda.

—Pero Yang… —fui a decir, pillado desprevenido.

—Darte ahora, ¿bien? —dio un paso adelante.

Mis ojos como platos no entendían nada. ¿Qué estaba pasando?

—Yang… —volví a repetir su nombre, tragando saliva y con voz estrangulada.

Pero mi compañero no me escuchaba, bajó la goma de su bóxer y me mostró su arrugado pene como si tal cosa. Lo miré y levanté mi cara después para mirarle. Estaba muy serio, asustado, nervioso y le temblaban las manos. Y yo estaba estupefacto, con la mandíbula que me caía hasta el suelo.

—¿De verdad quieres que te chupe la polla y me coma tu lefa? —le pregunté también muy serio. Yang no respondió. Estaba paralizado.

Su pequeño rabo colgaba hacia abajo, totalmente fláccido. Dejé caer el slip que había sacado del cesto de la ropa sucia al suelo y puse mis manos en sus caderas, sacando decisión de entre mis grandes dudas sobre qué hacer, notando la calidez de su piel. Yang ni se agitó. Espera a que yo tomara la iniciativa si realmente deseaba hacer aquello. Así que acto seguido, no lo pensé más y capturé aquel pene en mi boca, con lo que Yang soltó lo que me pareció un aullido. Un fuerte saborazo a polla me tomó tan de sorpresa que gemí al notar como éste se disolvía en mi paladar acompañado de mi saliva. ¡Qué sabor, joder! ¡Puto Yang!, pensé. En aquel prepucio había un exquisito sabor reconcentrado de meada y puede que de restos de requesón, producto de anteriores corridas. ¡Qué bueno!

En seguida su cuerpo reaccionó y su rabo se puso duro rápidamente dentro de mi boca. Apenas en treinta segundos aquel pene que me regalaba mi amigo estaba casi en todo su esplendor mientras él me tomaba con sus manos de ambos lados de la cabeza, por si acaso intentaba escaparme. Para nada era un cipote grande de los que a mí me gustaban, pero era el nabo de amigo chino y eso era suficiente morbo para mí. El muy hijo de perra meneaba sus caderas, abría su boquita para soltar gemidos de gusto y apretaba sus rasgados ojos, con su cara apuntando al techo del baño.

A ratos me sacaba su polla de la boca para respirar y le miraba. Era como si en muchísimo tiempo no se la hubieran comido, porque podía verle tremendamente sobrexcitado. Cuando su rabo abandonaba mis húmedos y calientes labios, me miraba aturdido, como para ver qué ocurría. Entonces yo estiraba mi brazo sin dejar de clavar mis ojos en los suyos y le acariciaba los pezones.

—¿Quieres que te chupe los huevos? —pregunté, observando sus dos colgantes cojones y sobando a la par la increíble pelambrera que tenía en la base de la polla, que era tan densa que cuando le chupaba la polla se perdía mi nariz en ella.

Pero Yang parecía en otro mundo y no respondía a mi pregunta. Creo que cualquier cosa que le hiciera le valía en ese momento. No había más que admirar su rabo de no más de 13 cm apuntando a lo más alto. Era delgadito, casi se me antojaba pequeño, pero al fin y al cabo era el rabo que me entregaba aquel hetero oriental. Sus cojones compensaban, pues eran redondos y gordos, y supuse que además estaban llenos y que me regalarían una gozosa cantidad de lefazo. ¿Sabría igual que el de los occidentales?

Saqué mi lengua y la pasé por sus huevos. Yang dio un respingo y soltó un gritito, pero supo contenerse cuando me puse a lamerle las pelotas como un loco, succionándolas e introduciéndomelas en la boca. Él separaba las piernas y me ayudaba a que me las comiera enteras, sujetándome de la cabeza y alucinando en colores.

Mientras le hacía esto, él se masturbaba nerviosa y velozmente. En un momento creí que se despellejaría aquella corta salchicha. Le lamí un rato más los huevos e incluso me atreví a meter mi cabeza por entre sus piernas para alcanzar la raja de su imberbe culo, pero Yang me detuvo y me dio el aviso de que se corría ya.

—Te doy leche —me advirtió, mientras su cuerpo se ponía tenso y se masturbaba con frenesí—. Cómetela —pidió.

—Cómetela conmigo, Yang —se me ocurrió soltarle. Su cara fue un poema—. Échamela en la boca y cómetela conmigo.

—¿Cómo? —preguntó.

—Tú dámela y ahora te enseño —sonreí.

Al momento, Yang se puso hasta de puntillas, me acercó su corto pene a la boca y comenzó a convulsionarse mientras me disparaban mi segunda ración de nata en aquella noche. Con mi boca dispuesta y abierta a más no poder, Yang comenzó a vaciar sus depósitos seminales con una braveza inusual, pues aquellos cojones escondían un ingente yacimiento de deliciosa lefa de textura más bien líquida. Cuando cuatro abundantes chorros llenaron mis carrillos, creí que de allí no podía salir más, pero me equivoqué, pues de regalo vinieron otros tres chorros medianos y dos más pequeños, obligándome a tragar un poco.

El chino se había quedado bien vacío, sudaba como un cerdo y parecía desorientado. Así que me valí de esto para levantarme, asirle por la cintura y pegarle a mi cuerpo. Le tomé de la cara y me acerqué a su boca. El cabrón la tenía cerrada y no entendía lo que quería hacer. Le obligué a abrirla y, sin más, pegué mis morros a los suyos y vertí allí dentro su estupenda corrida. Al notar su ardiente semilla el puto chino gimió y mi boca quedó vacía. Todo lo tenía él.

Me separé un poco, sin quitar mis manos de sus mejillas y le dije que tragara lentamente, que disfrutase de aquel manjar. El me miró con sus ojos rasgados y obedeció, engullendo despacio su lefazo. Me dio envidia, pues yo había catado una mísera porción y lo cierto es que estaba deliciosa. Me había quedado con ganas de más lefa. Lo que no sabía era que Yang también.

El oriental abrió la boca para mostrarme que ya se había zampado toda la leche. Su lengua había quedado blanquecina.

—¡Muy bien! —le acaricié el pelo con ternura, sonriente. Él también sonreía satisfecho e intentaba recuperar la respiración—. ¿Te ha gustado el sabor?

No sé en qué momento se me ocurrió hacer la pregunta, pero supe entonces que acababa de crear un monstruo. Yang me sonrió y fue a hablar.

—Quiero más. Quiero mucha más. Toda la que puedo —soltó de sopetón.

—¿Más? —pregunté contrariado. Algo húmedo rozó mi muslo. Miré hacia abajo y cual fue mi sorpresa al descubrir que la polla de Yang tenía una semierección a pesar de acabar de eyacular—. ¿Vuelves a estar cachondo?

—Sí —soltó tranquilo—. Quiero lefa —repitió excitado, en un susurro.

Está bien, pensé. Si quería lefa le daría la que todavía acaudalaba en mis huevos, que estaban tan bien llenitos.

—Agáchate —le indiqué que se pusiera de rodillas. Mi polla estaba bastante tiesa. Agarré al chino de su corto flequillo, le hice levantar la cara y que me mirase—. Abre la boca y cómete toda mi polla. Yo te voy a dar lefa.

Mi rojo y palpitante glande chocó contra sus labios cerrados, pero al segundo intento mi rabo entró como si nada en aquella boquita, sorprendiéndome el que comenzara a hundirse toda entera hasta el fondo en la garganta de Yang, sin encontrar obstáculo alguno. Cuando llegué al tope me di cuenta de que se la había metido hasta que mis huevos pegaron en su barbilla. Abrí los ojos y solté un gemido de morbo y placer. Pero éste dio paso a una dolorosa sensación cuando Yang cerró sus dientes y capturó todo mi venoso tronco, provocándome un grito inesperado. Entonces se la sacó a toda prisa paseando sus dientes por toda la carne de mi rabo, destrozándome vivo.

Al lograr liberar mi chorizo, le estrujé la cara y le miré con el rostro encendido y con lagrimillas asomándose en mis ojos.

—¡Chino hijo de puta! —le insulté. Lo extraño es que con aquel dolor se me había puesto más dura si cabía. Así que, sin decir más, volví a clavarse en la garganta, pero esta vez Yang me la chupó como un mamón de campeonato, obligándome a sentarme en la taza del váter porque las piernas me temblaban solo de pensar que aquel oriental hetero se estaba zampando todo mi rabo con aquella fiereza.

No sé qué fue lo que me llevó a levantar las piernas hacia arriba, dejando expuesto mi culo mientras Yang se amorraba a mi pene. No pude contenerme al hacer aquella petición.

—¡Yang, fóllame! —le pedí. El chino dejó de chupármela, mirándome confundido, como si hubiera entendido mal—. Necesito una polla en mi culo ahora, por favor —le pedí.

—Yang solo quiere lefa —contestó.

—Joder, Yang —me quejé, llevándome un dedo al ojete y tocándomelo. Lo tenía que me palpitaba. Necesitaba un pollote allí dentro pero ya.

—Dame tu lefa. Solo —me pidió, y volvió a entregarse enérgico a su mamada.

Así que no me quedó otra que joderme y aguantarme, porque estaba tan cachondo que al momento comenzó a brotar de mis entrañas como una fuente una buena cantidad de chorros de semen bien denso que el chino capturó en su boca y devoró sin soltar por un momento mi rabo.

Cuando recuperé el sentido y le miré, tenía la boca limpia y me sonreía como si en su vida hubiera roto un planto. El cabrón se lo había comido todo.

—Joder… —gimotee—. Yang, ¡hijo de perra!

Me incorporé con esfuerzo. Él seguía de cuclillas frente a mí, junto a la taza del váter. Le tomé de la cabeza y le morree, llevándome de regalo un rico gustillo a corrida. Yang ya me morreaba con total naturalidad, y el cabrón lo hacía muy bien, con aquellos labios ni muy carnosos ni demasiado finos. Le acaricié su frente sudada y le miré.

—Ufff —resopló—. Creo apetece más lefa —rió con una carcajada feliz.

—¡¿Qué?! —solté alarmado—. No es posible, Yang. Te acabas de zampar dos corridas… Como no te estrujes la polla, no se yo… porque yo tengo que esperar un rato todavía…

—No tienes amigo que poder darme… —dejó caer el muy zalamero.

—¿Amigo? ¿A estas horas? ¡Estás loco! —sonreí, entreviendo que Yang había descubierto todo un mundo nuevo y estaba de subidón—. No es tan fácil encontrar a alguien a estas horas que quiera regalarte su semen.

—¿No?

—No —respondí—. No sé, cómo no quieras que preguntemos a los vecinos a ver si tienen un poco de semen en sus neveras… —bromeé.

—¿Preguntar a vecinos? —Mi compañero no había captado el humor.

—Sí, a los vecinos. Seguramente que el friki de Juan Ángel te da un poco. Es un pajero… —le vacilé, refiriéndome al informático, vecino del tercero, sabiendo que no me iba a entender. Pero al decir aquello, al hacer aquella broma, una bombilla se encendió en mi cabeza—. Juan Ángel —dije de repente—. Claro, Juan Ángel —sonreí.

Yang, al ver que se me había ocurrido algo, también sonrió. Esta vez pude descubrir vicio en su mirada.

  

 

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