En eso me percaté del silencio en toda la oficina, no me había dado cuenta hasta entonces. Eso provocó más de una queja, porque no querían que yo viera sus visitas a casa de masajes con fulanito o que les impusiera citas entre su planificación, pero ahí entro en juego la minifalda. Me llevó a una zona un poco más tranquila para que esperara al jefe mientras acababa con una llamada. Mi húmeda vagina, con un pequeñísimo trocito de tela pegado (que ahora debía verse transparente por la humedad) debía estar exhibiéndose como un diablillo entre mis piernas a toda la oficina. Así que empecé a buscar yo sola en anuncios en la prensa o en revistas especializadas. pero nada mínimamente para alguien preparado. |