Un gemido escapó de mis labios. Tienes el coño pegajoso, ¿no habrás…?. ¿No te ha gustado? –respondí. Sin decir una palabra le cogí de los testículos y, suavemente, le arrastré a nuestro dormitorio, le empujé y cayó en la cama, me miraba con deseo. Hasta mañana – dijo él. Estaba caliente como una perra en celo, notaba mis bragas cada vez más mojadas y mi coño pedía ser traspasado, me acordé de todos mis amantes, de los orgasmos que me habían arrancado, de las veces que me habían poseído, retazos de mi vida sexual pasaban por mi mente como si estuviese viendo una película, de pronto oí llorar a mi hija y sentí la sensación de haber despertado de un sueño, le di agua y se calló. |