Yo soy muy católico, y no hay semana que no vaya a confesarme dos o tres veces. La última vez fue el martes, de modo que me tocaba confesarme con el Padre Salurcio. Como voy a esa iglesia desde muy chiquito, tenemos cierta confianza y el Padre me hace pasar directamente a su cubículo. Y ahí me arrodillo, entre sus piernas abiertas, y me confieso. Desde que era prácticamente un niño. De modo que cultivamos ciertos hábitos inocentes, propios de la confianza de tantos años.