Los asientos retrepados, el meneillo del autocar, la hora intempestiva y las luces apagadas, surtieron el lógico efecto. No pude remediarlo cuando al llegar a su altura el rubor de sus mejillas delató los nervios que atenazaban su estomago. Ahora con sus dedos inquilinos en lugar de los míos. ¡Qué delicioso el paseo de sus dedos hasta alcanzar mi entrepierna!¡Qué increíble el placer de su excursión sobre el encaje negro y mojado!Cuando por fin le invadió el valor y su mano apartó la falda para reconocerme en el vientre y bucear bajo las telas caladas, creí desmayar con la respiración entrecortada. Pero supe que era él por mi amiga. Se mostraba más resuelto oculto tras el anonimato. |