Ya bastante recuperada fui a reencontrarme con Gustavo. Dijo que era muy bueno en lo suyo y además no era de los que te mataban a la hora de cobrarse el arreglo. No hagamos lo que quizás mañana más sobria te puedas arrepentir. Me confesé ante su mirada penetrante que parecía concentrarse en esas rosadas manzanitas que se habían incrustado en mi rostro. Cálido, de iluminación más bien escasa y música tenue, haciendo de él un lugar confortable. Nos marchamos por el mismo recorrido que habíamos atravesado minutos antes, propinándonos besos a cada paso llegamos a su auto. |