Estas suelen ser las peores. No me pude despedir como es debido. Y atiza con ganas Después, cuando yo te diga, entras a matar. Cerré los ojos, absorbiendo como un colegial aquellos labios ardientes en los que se fundía la nata y, apenas los volví a abrir, la muy zorra se había girado, bajándome el slip y chupándome los huevos, pero con todas las letras: me sorbía uno con sus labios, estirándolo hasta hacerlo desaparecer en su boca y, sin soltarlo, lo lamía y relamía, provocándome una mezcla explosiva de placer y dolor. En esto, también ella fue diferente a todas mis demás experiencias. La tía me estaba comiendo con los ojos las pupilas levemente dilatadas, un ligero rubor casi inapreciable bajo el maquillaje, un tic en el párpado izquierdo cada vez que intuía un roce de mi pierna, algún mordisquito al labio inferior y la presión que ejercían sus muslos sobre la rodilla que ya había logrado introducir por la raja delantera de su falda, eran todas señales inequívocas de que estaba a punto de caramelo. |