Pero se equivocaba, y por mucho. En ese preciso instante comenzó a bajar el flujo que luego inundaría todo mi sexo, los labios, el clítoris, y parte de mis piernas. De cerca, pude apreciar sus facciones finas y esculpidas, mezcladas con sus rasgos duros de hombre maduro. Después que tomamos aire, y comenzamos a comentar lo que cada quien había hecho, me enteré que lo que me había pasado al final había sido premeditado por mis compañeros de cama (risas). El contacto suave de sus pechos contra mi piel fue exquisito. Quería que Carlos fuese mi dueño por esa noche, y que mi esposo viera como me prostituía ante sus ojos, gozando como loca con ese pene enorme. |