Qué delicia era todo. Quise correr pero ninguno de mis músculos se movía. Había un montón de sitios donde acostarse allí y, en lugar de hacerlo sobre uno de ellos, habían preferido tumbarse enfrente de la puerta donde estaba escondido yo, a menos de un metro de mí. – Es hora de dormir. Noté sobre mi ano la humedad del glande de mi padre y, muy lentamente, éste fue entrando hasta que los pelos de su pubis fueron aplastados contra mi culo. Mi madre iba a gritar, mi padre a verme, me iban a insultar, a llamar de todo, y me iba a caer el peor castigo de toda mi vida. |