Tumbado en medio de los dos pensé que aquello había sido lo mejor que me había pasado en toda mi vida. Se la metía y la sacaba, se la volvía a meter y se la volvía a sacar. Los tres formamos una bonita estampa mientras recuperábamos el aliento perdido por el esfuerzo. Seguí masturbándome mientras miraba como mi padre agitaba su lengua dentro de la vulva de mamá hasta que, de repente, se me heló la sangre. Llené mis pulmones y dejé de respirar, mis gemidos se volvieron sordos, mi cuello se deslizó hacía atrás y, con un empujón fortísimo, pringué el interior de mi madre con mi propio esperma. Movido por algún acto reflejo, comencé a bombear mi pene dentro de mi madre pero con mucho cuidado porque no tenía ni idea de si le podía doler o no. |