A veces incluso había llegado a soñar que los besaba y al despertar abjuraba de mis instintos que podían rebajarme a la categoría de un simple esclavo. ―¡Oh, qué odioso eres, Kam… eres un estúpido pretencioso! – me contestó molesta. Habrá que esperar un poco más para conocerlo. Yo me sentía orgullosa de mi joven reina. No sé si fue consecuencia de esa orden o porque estaba muy cansado, el caso es que logré dormirme con la polla en la boca de Simut, quien no pudo dormir más en lo que quedaba de noche. ―Las manos y los pies de una mujer son la máxima expresión de la nobleza de una dama, ama Thui – me decía Disenk, en especial durante las primeras semanas en que se pasaba horas y horas aplicándome refinados aceites y masajeándolos hasta que le dolían las manos y puliéndomelos a base de frotar las callosidades y duricias de mis plantas con una piedra volcánica después de tenerme varias horas los pies en remojo en una mezcla de aceites y agua tibia perfumada. |