Cuando me volví hacia Julia, observé que se había desprendido de la falda y de las bragas. Sus senos no eran mayores que un par de pomelos, pero eran firmes y apetecibles. La fusión carnal fue impecable y según me llegaba mi insuperable orgasmo, que me guió hasta altísimas cotas de gozo, coincidimos la francesa y yo en un grito salvaje y desinhibido. El caso es que, azuzado por la curiosidad, me puse a cuatro patas y me interné en el apretado bosque de piernas para ver qué se cocía. Al rato advertí que mi orgasmo se acercaba, sin embargo decidí no correrme en su interior, sino sobre sus blanquecinos senos. Al fondo había una preciosa mesa de billar americano, en la que un par de tipos con camisetas que consentían el lucimiento de sus brazos curtidos, jugaban un mano a mano. |