Veía su pecho esbelto sobre el que me había recostado cientos de veces, veía sus fuertes muslos y su regazo, su deseado paquete que me había obsesionado durante años, esos labios que me habían besado y ahora me insultaban, ese pelo que había acariciado… estaba bellísimo, quizá más bello que nunca. Fueron realmente amables y me pidieron explícitamente que no perdiera el contacto con su hijo. Si ha habido algún ruido, estaba tan concentrado que no lo he escuchado. Todo el dulzor de las entrañas de mi pequeño me acogía con delirio y casi me empujaba a iniciar la fricción, pero el resto del cuerpo que gozaba del contacto se resistía a abandonar el apareamiento. ¡Cómo no va a tener ganas!Porque no le gustan las despedidas. Volvíamos a la carga en unos minutos, pero no era una montura salvaje y arrebatada. |